Dificultades de aprendizaje: la lección de John

  • No hay dificultades de aprendizaje sino dificultades de enseñanza
John cuenta que cuando era pequeño tuvo problemas en la escuela. Cuando intentaron enseñarles a leer, él no aprendió, así que le pusieron en una clase especial y finalmente lo volvieron a cambiar para ponerlo en el grupo de los menos capacitados donde sólo estaban él y otra niña. Les pusieron sendos “sombreros de burros” y los dejaron “reflexionando” hasta que decidieran que iban a participar de su propio aprendizaje. Más tarde John decidió que ese sombrero era en realidad un sombrero de mago, sólo que él aún no sabía cómo se usaba. Así que no se “portaba bien”, no hacía lo que sus profesores esperaban de él, por lo que el colegio llamó a los padres y les comunicó que el niño tenía dificultades de aprendizaje y dislexia, que nunca iba a aprender a leer, a escribir ni a conseguir nada en su vida. Les recomendó que se centraran en el deporte, ya que le gustaba correr y probablemente sería lo único para lo que podría servir. John tenía un motivo para correr y es que había nacido con un problema en el pie que le obligaba a usar un aparato ortopédico. Tantas ganas tenía de quitárselo que prometió dedicarse al deporte y corregir así su postura. No ha dejado de correr desde 1960. “Estoy convencido de que la mayoría de los retos a los que nos enfrentamos son en realidad las mayores bendiciones de nuestra vida”. Ésta es una de sus lecciones.
John desarrolló algunas estrategias para ir superando los cursos a pesar de sus dificultades, la más importante de las cuales consistía en hacer preguntas a los mejores alumnos para que le explicaran en sus palabras lo que habían entendido de cada clase. Así fue depurando su técnica de hacer las preguntas adecuadas que más tarde le serviría para crear su propio método de desarrollo personal.
Dejó la escuela muy pronto sin haber aprendido a leer ni a escribir y se fue a hacer surf, viviendo en la calle durante algún tiempo. Hasta que un día asistió a una conferencia de Paul Bragg que le cambió la vida pues en ese momento decidió que quería dedicarse a lo mismo que él: a viajar enseñando a la gente a sacar el mayor potencial de sus vidas. Por suerte su deseo fue más grande que sus dificultades. Aprendió a leer y a escribir, estudió y se dedicó a la quiropráctica hasta que logró cumplir su sueño de viajar por todo el mundo ayudando a la gente a desarrollar todo su potencial, a cumplir sus propios sueños dando un servicio a los demás.
Desde entonces ha ayudado a muchos niños que habían sido marcados con diversas etiquetas por el sistema escolar,  por el sistema sanitario  y por sus propios padres. Como nosotros, John está convencido de que no existen dificultades de aprendizaje sino dificultades de enseñanza que se resumen en una profunda incapacidad de comunicarse con los niños. Él es un vivo ejemplo de esto. Su experiencia escolar le llevó a convertirse en un reconocido experto mundial en comportamiento humano que lee, escribe y se comunica a la perfección. Hoy el nombre de John Demartini ya no está ligado a las dificultades y al fracaso sino al éxito y la superación personal.
  • El padre y el profesor no deben aspirar a motivar sino a inspirar
El Dr. Demartini hace una interesante distinción entre los conceptos de “motivar” e “inspirar”. Los teóricos de la educación suelen poner el énfasis en la motivación y tienden a considerar la falta de motivación de los alumnos como el principal factor del fracaso escolar, pero todo se reduce en realidad a una cuestión de valores.
Igual que el adn o las huellas dactilares, cada persona tiene un sistema de valores personal y único; no hay dos iguales y por ello el sistema fracasa al tratar de imponer los mismos valores a todos. Detectar cuáles son los valores de una persona es tan simple como tomarse el tiempo de observarla y responder a unas cuantas preguntas, como éstas:
  • ¿Con qué llena su espacio? En el caso del niño, por ejemplo, ¿qué cosas hay en su habitación? ¿Con qué decora sus paredes? ¿Qué es lo que siempre tiene a mano? ¿Qué es lo que más cuida y, por contra, qué es lo que no cuida, pierde y rompe?
  • ¿A qué dedica su tiempo? Tal vez hoy en día sea difícil detectar a qué dedica el tiempo un niño escolarizado, pues suelen disponer de poco tiempo libre, pero veamos qué nos responde cuando le pedimos que haga algo que no le apetece, como poner la mesa, ducharse o sacar la basura. Normalmente nos dirá: “no puedo porque estoy_________” (tal vez jugando a videojuegos o chateando o leyendo cómics o pintando)
  • ¿A qué dedica su energía? Si puede elegir ¿qué hace? ¿A qué tipo de actividad nunca dice que no, aunque sea tarde y esté cansado?
  • ¿A qué dedica su dinero o a qué lo dedicaría si pudiera disponer libremente de él? ¿Qué compraría? ¿Para qué ahorraría?
Todas estas preguntas ayudan a clarificar cómo es la escala de valores de una persona, qué está en la cúspide y qué está abajo. Para hacer las cosas que están abajo en nuestra escala de valores necesitamos motivación. Esa motivación puede ser extrínseca (por la promesa de una recompensa o la amenaza de un castigo por parte de terceras personas) o intrínseca (si por algún motivo decidimos que vamos a hacerlo y aplicamos la auto-disciplina). Pero las cosas que están en lo más alto de nuestra escala de valores son las que realmente nos inspiran. Son esas cosas que hacemos por placer, que nadie tiene que pedirnos ni exigirnos que hagamos, aquellas cosas para las que siempre encontramos tiempo, energía, espacio y dinero.
La labor de los padres y profesores, por tanto, es encontrar qué cosas están en lo alto de la escala de valores de cada niño y comunicarse con ellos según esos valores. Imaginemos un niño que tiene a los videojuegos en un lugar muy alto de su escala de valores y que tiene dificultades en la escuela, especialmente en inglés y lectoescritura, por ejemplo. Si conseguimos hacerle entender cómo las clases de inglés y de lectoescritura le ayudarán a mejorar en su desempeño del juego, entonces le habremos inspirado y con toda probabilidad desaparecerán sus dificultades de aprendizaje. Lo mismo sucede con cualquier otra actividad que sea altamente valorada por el niño y en relación a cualquier otra materia escolar.
  • No hay discapacidad sin alta capacidad 
Una vez comprendida la diferencia fundamental entre “inspiración” y “motivación” veremos claramente que no existe una discapacidad sin su correspondiente alta capacidad. No hay bueno sin malo, calor sin frío, blanco sin negro. Uno puede ser discapacitado para el baile y ser altamente capacitado para la cocina. Y es más: aquello que suponga un reto para nosotros puede revelarse finalmente como la mayor bendición jamás recibida, porque como dice la sabiduría popular no hay mal que por bien no venga. Si John no hubiera tenido dificultades para aprender a leer y a escribir, no habría desarrollado su capacidad de formular las preguntas adecuadas y probablemente nunca habría creado el Método Demartini, que le permite ganarse la vida haciendo lo que más le gusta al tiempo que ayuda a millones de personas en todo el mundo.
Si los padres y profesores aprendemos a ver esta dualidad y enseñamos a nuestros hijos y alumnos a verla y a estar agradecidos por ella, podemos lograr el cambio educativo que ningún ministro ni ninguna ley han sido capaces siquiera de atisbar.
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