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La mayoría de las familias con las que trabajo en mi proyecto de La Desescolarización Interior tienen niños escolarizados que sufren porque tienen dificultades de aprendizaje, o porque son víctimas de bullying, o porque sus necesidades no son atendidas adecuadamente. Son madres que me hablan con ira y desesperación.

Otras familias son homeschoolers. Sus hijos no van a la escuela y sencillamente necesitan apoyo para hacer una transición tranquila y evitar llevarse la escuela a casa. Estas madres me hablan con inseguridad y miedo a veces, pero siempre con entusiasmo.

Pero hay un tercer tipo, que me fascina y sorprende a partes iguales, que es el de los niños escolarizados que están perfectamente integrados en el sistema. Y ése es precisamente su problema: se han adaptado tan bien que están desapareciendo. Sus madres me hablan con profunda tristeza y con la leve esperanza de que lo que voy a compartir con ellas consiga devolverles a sus hijos. Me cuentan que sus hijos han perdido la ilusión por aprender, que ya nada les interesa, que han dejado de reir, incluso. Que el colegio no les va mal, que sus profesores están contentos pero que “éste no es mi hijo”. Éstos son el gran reto. Aquí es donde está realmente la revolución educativa. En rescatar a estos niños de un sistema que los está haciendo desaparecer.

Y a veces, como hoy, me llama una madre eufórica y me dice que sí, que su hijo está volviendo.

 

 

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