El perfeccionismo y la educación


En un taller que ofrecí en Puerto Rico a familias que ya estaban educando en casa les pregunté cuál era su mayor obstáculo relacionado con la educación de sus hijos. En España con toda seguridad la respuesta más común habría sido la presión social y la cuestión legal, pero allá una cantidad importante de gente contestó que era el perfeccionismo. No el de sus hijos (aunque también) sino el de ellos mismos.

El perfeccionismo es un rasgo de la personalidad que, debidamente encauzado, puede tener efectos muy positivos. Sin embargo, cuando roza la obsesión y nos provoca un rechazo hacia nosotros mismos puede llegar a ser una patología.
Los padres (y muy especialmente los que educan en casa) muy a menudo proyectan su propio perfeccionismo en sus hijos y ése es el obstáculo para una convivencia pacífica. Aquellas familias de Puerto Rico me contaban que esperaban demasiado de sus hijos, querían que todo fuera como ellos lo habían imaginado y sus expectativas demasiado altas frustraban a sus hijos. Así que el trabajo consistió en darle la vuelta al perfeccionismo y buscarle el lado positivo. ¿De qué manera ese rasgo de su personalidad podía ayudarles a mejorar la relación con sus hijos? Salieron algunas ideas interesantes, pero la conclusión fue ésta: dado que el perfeccionismo les hacía mantener una motivación alta en todo aquello que decidían hacer y era también lo que les había permitido tener grandes logros en distintos aspectos de sus vidas, aquello podía (y debía) ser el ejemplo que dieran a sus hijos. Lo único que tenían que hacer era no forzarlos y permitirles decidir dónde y cuándo ser persistentes. Aprendieron también a ver cada fracaso como un escalón necesario para llegar a su destino, como Thomas Edison que consideraba que había encontrado 1000 formas en las que no se hace una bombilla.
A veces lo más difícil es aceptar y reconocer que nuestros hijos no son como nosotros, que tienen otra forma de pensar, de experimentar y de aprender. Lo más difícil es asumir que, tal vez, sus métodos no son peores que los nuestros. Es más, son perfectos para ellos.
Leí el caso de una mujer que hacía (o quería hacer) unschooling con su hija. Ya sabes, nada de horarios, nada de libros de texto, nada de asignaturas, nada de planificación académica… Pero la hija le pidió que le comprara un currículum completo, con la programación para todo el año, con todos los materiales necesarios, con tareas, etc. Finalmente, la madre le hizo caso y se lo compró. El resultado fue, según sus palabras textuales, que la niña floreció. ¡Ese sistema era bueno para ella!
Así que ése es nuestro reto (y muy especialmente el de aquellos que son perfeccionistas). Aceptar que, por más que planifiquemos, nuestros hijos tienen su propia forma de hacer las cosas que no es necesariamente peor que la nuestra.
aprendizaje unschooling quinn